9 de Julio en la LNB

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AYER FUI A VER A “9”


Jerome Meyinsse, ídolo patriota

Ayer, después de mucho tiempo que no venía por la ciudad, fui a ver al equipo de “9 de julio”  que participa en la Liga Nacional A de Básquet.  Me senté en una platea al lado de un amigo que no veía desde la adolescencia, un habitué del club. Mientras la cancha, remodelada y embellecida para jugar en esta categoría, comenzaba a llenarse,  con un público distendido, muy familiar, de edades muy diversas, vi la primera diferencia con el fútbol, tan aquejado por la violencia y la participación cada vez más acotada de mujeres, abuelos y niños.

Mi amigo me contó que hace pocos años comenzó el proyecto basquetbolístico del club, asentado más en el apoyo  privado y comunitario que en subsidios estatales, como ocurre con otros grandes equipos de esta Liga. Me dijo que primero se ganó el torneo Provincial, que clasifica a la Liga Nacional B. En ese torneo jugó el legendario base Gustavo “Lobito” Fernández con su hijo Juan, jugador de la NCAA (EEUU) y actual seleccionado argentino. A dos años de ascender logró el paso al TNA (la categoría de ascenso); mi amigo se emocionaba recordando esa final, contra Banda Norte de Río IV, en esa ciudad, dando vuelta un resultado de -20 en el último cuarto. Algunos apellidos de esa noche gloriosa, me decía mi amigo, estaban en la cancha practicando para el partido que venía: Segura y  Martina. En el paso por el TNA  recuperó a Gerlero (ahora en Atenas y la selección nacional y Martín Melo, jugador clave en el equipo actual, ambos frutos de la cantera) y conservó a sus técnicos, S. González y G. Fernández, que luego pasaron a la plantilla técnica de Atenas; en ese momento, me dice mi viejo amigo, llega a “9” Gustavo Miravet, el responsable técnico de la campaña en Liga Nacional.

Cuando terminó de contarme esta historia el partido ya comenzaba: con un público zambullido en el partido, conocí a los extranjeros del equipo: el eficaz Jerome Meyinsse, el atlético Bruno Zanotti y Jermaine Bucknor, inteligente y audaz. El partido se hacía cada vez más atrapante y  cada situación extrema, especialmente al final, tenía una gravitación que recorría el campo y las tribunas como un estremecimiento eléctrico. Como “9” ganó gracias un triple sobre la hora de Luchino, un astuto y perseverante jugador riocuartense, según me informó mi amigo (que ya estaba con la garganta maltrecha y con la campera girando en su mano en alto) pude ver cómo se levantaban de sus butacas miles de brazos junto a los dos del base del equipo, perdido ya entre los abrazos celestes del grupo. Hacía mucho que no veía semejante explosión de alegría, una instantánea de la pasión deportiva. El minuto posterior al final del partido encontró a toda la cancha cantando por el equipo local y a los jugadores acompañando esa algarabía desde el centro del campo, saltando como adolescentes del último año, cansados ya, en la plenitud del festejo.

Yo también aplaudí y me sorprendí cantando “soy… de nueve…”, como cuando era chico y vivía por acá.

Cuando nos íbamos le agradecí  a mi amigo la invitación y le dije que esto era más que un encuentro deportivo, acá respiraba también una fiesta socio-cultural, la celebración de una identidad que la gente de una pequeña ciudad del interior ponía en escena.

Mañana cada uno volverá a lo suyo, pero en ese estadio, esa noche, todos habíamos compartido un ritual que la pasión por el básquet había inventado: la efervescencia de una felicidad, el placer de  una sonrisa plural.

Un patriota.-

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